15 de Noviembre 2004

RUMIANTES

“Mejor que el señorío sobre todos los mundos es el fruto de entrar en el arroyo” (Dhammapada)

Soy una cabra loca: recorro los caminos sin un plan previo, voy de pueblo en pueblo con los ojos de par en par, me adentro en las umbrías y emerjo de nuevo sin polvo y sin rencor (los valles son memoria que empieza y acaba de afuera para adentro: no hay posible comunicación).

Vivo como nuestros antepasados neolíticos: me alimentos de frutos silvestres y agua de los ríos –del caño de las fuentes, no del curso emponzoñado–, me abrigo con la piel de algún animal ya fenecido por causas naturales, duermo bajo la copa de un árbol. Subsisto, conforme y moldeable, y no reservo nada para el invierno: mi espíritu se regocija en una primavera permanente. El día que las fuerzas me fallen, dejaré que me arrastre la corriente y me lleve hasta donde crea conveniente. Mi voluntad es una con la de la mano que hace que el mundo gire y las vidas se detengan: entre el mundo y yo no hay cálculos ni previsión. La inocencia es mi bandera; transcurrir sin dejar huella, mi única bendición.

Por eso contemplo a los rumiantes en sus establos con una mezcla de piedad y conmiseración. Si, por fortuna, he de asistir a su monótona masticación (el mismo pienso, deglutido de mil formas distintas), aprieto el paso y trato de poner la máxima distancia entre ellos y yo. No puedo soportar esa visión: tres tablas brindando un falso refugio, el yugo encima del cuello y la necesaria cooperación para engrosar la bolsa del ganadero. Seguridad a cambio del beneficio ajeno. Un intercambio pírrico.

Yo he de vivir lo que me quede a base de hierba fresca y bayas recién cogidas. Sea reservada la paja para los animales de granja. Mi cuerpo fue hecho para el frescor y la primicia. Y si un rayo me parte en dos cualquier día de tormenta, o perezco congelado en una noche fría, o una fiera me devora tras la vuelta de un sendero, no habrá refutación de este argumento vital: vale más pasar rápido y ligero tras del propio destino, que perdurar cansinamente en el corral del amo.


“Quien ha encontrado el camino por la mañana
puede morir en paz al atardecer” (Kinso)

Escrito por JoséLuis a las 15 de Noviembre 2004 a las 08:55 PM
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