28 de Septiembre 2004

PLANCTON

PLANCTON

El mar no es esa sustancia incolora que nos cuentan, ni siquiera cuando refleja (acuosa consonancia por un eco sideral) la miríada de tonos de los techos del cosmos.

El mar es una sopa, un brebaje sabroso, un néctar plagado de significados. No está vacío, no es inerte, no se escurre sin dejar rastro: persevera en sus trece de masa descomunal que se engendra a sí misma, se mantiene fiel a su esencia líquida sin violar el compromiso (estricto pacto no escrito) del vapor entre sus visos.

El mar es un océano de plancton en suspensión, una edénica constelación de axiomas en sí mismos demostrados, una ley que nunca falla, un orden más o menos perfecto en su magmática labilidad, una quimera tanto más real cuanto más tú la deseas.

El mar genera y se regenera en un mismo gesto soberano de monarca albinegro, masculino y femenino a la vez, o quizás neutro; en todo caso, perdurable redondez en sí misma replegada hacia lo infinitamente abierto (hundiéndose sin cesar, levantándose siempre).

Por eso el mar resulta tan y tan nutricio. Es el maná para quien quiera beber en su promesa de segura redención y, de este modo, asimilarse a Él. Es la gran boca que admite pero no deglute, pues de este vientre están excluidas (demoníacas) la avidez, la codicia y la voracidad. Es la consumación que no consume, sino que proyecta lo muerto hacia una nueva dimensión, quizá más untuosa y menos firme (parecida a la textura de las olas: si las miras de muy cerca, ¿no te parecen almas?).

Ven. ¿Quieres saber? Basta con que te sumerjas en el seno adventicio del mar y te sentirás conciliado, basta con que abras bien la mente y te dejes empapar por sus miríadas de partículas sagradas.

No puedo decir más. Verás: en la inmensidad mojada hay panoramas que no se pueden revelar a los habitantes de tierra firme. Sólo el buceador conoce lo que te reservan los tesoros del mar. Y a él ya no puedes preguntarle, pues de esta inmersión no hay un dios, a día de hoy, que aún se haya regresado.


GOLPE DE GRACIA

Contra el mito del esfuerzo, esta evidencia: lo mejor viene del cielo, o emerje de la tierra, o queda enfrente, o lejos —en fin: lo bueno sólo se aviene en forma de lluvia o resplandor, de torsión súbita o terremoto, de nieve en las solapas del andariego, de rocío evanescente cuando rompe a amanecer, de movimientos piadosos en una senda apenas entrevista por el herbazal.

Contra la acción tendente al logro, este único voto: cultivar el recogimiento, ser paciente, no contaminarse enturbiando el agua que uno ha de beber, mañana, cuando nos sea comunicada (rayo blanco contra fondo gris) la clave del hallazgo.

Contra el enredo, la simplificación. La humildad extirpando el vituperio (esa tendencia inhumana a exigir por anticipado), se ha de lograr el giro extremo que no alcanza la ansiedad —premiosa enterradora, con sus prisas, de la fe.


CONGELACIÓN

Ahora, el gran propósito consiste en no menguar más todavía, en mantenerse alejado de la erosión permanente del espíritu por falta de humedad, de sal, de nutrientes, de un plano inclinado por el que deslizarme y proliferar.

Ahora, el reto descomunal pasa por eludir el tacto extenuante, la enervante frotación, los fenómenos del consumo y su contraefecto seguro: el desgaste.

Ahora, me entrego a la tarea puramente negativa de la conservación: entro en el frío, me acomodo entre los témpanos milenarios y empiezo la cuenta atrás, mi lenta trasformación en accidente del paisaje.

Entremezclado con el hielo y los glaciares, quizá alcance el estado de sólido perpetuo, de nieve impávida, de fuerza contenida que estalle —licuándose, mi figura habitual correrá de nuevo ladera abajo— con el primer rayo de un sol ya muy antiguo.

Tanto, que ahora mismo me siento incapaz de recordarlo.


MIRADAS PERDIDAS

No recuerdo haber visto jamás con mayor claridad que en ese lapso (entre perpetuo y fugaz) en que mantengo la mirada perdida.

Los ojos como platos, las pupilas dilatadas, cierto aire entre distraído y concentrado: en fin, una suerte de éxtasis visual en que mi yo, abocado a la mera contemplación de un objeto interno, diminuto, irrelevante quizás, pero perfectamente nítido para mis adentros, absorbe el caudal de mi energía como un vórtice enamorado.

Pues amor es, en realidad, el haz incoloro (no cristalino, no posee ese brillo asociado comúnmente al material) que envuelve mis cuencas oculares, confiriéndoles una acuidad no dolorosa, una incruenta capacidad de proyectar hacia la lóbregas honduras lo que se suele ajustar, punto por punto, con la pura superficie de la piel.

Yo diría —si decirlo no incurriera en un contrasentido flagrante— que, durante esas seráficas miradas, yo veo en tres dimensiones (es imposible, lo sé). Si la mano ha sido, por obvios motivos de constitución, la natural depositaria del tacto, es decir, del volumen y la profundidad, y el ojo su correlato plano (el amo del perfil, la clave del contorno), poco podría imaginarse un humilde ciudadano que, extraviando la visión, entregándola a un errático vagabundeo interior, accedería a la simbiosis de la piel y de la carne, de lo liso y lo rugoso, en definitiva: de la esencia y la apariencia.

Ya que de eso se trata, creo yo: cuando veo como si tocara, o tocase como si viera (llegados a este punto, las distinciones fallan), el desgarro habitual que mantiene a los sentidos en compartimentos estancos, se suprime y, en cierto sentido, se subvierte. Lo esférico se estira hasta cobrar la consistencia de una película impalpable; lo fino desarrolla innumerables vértices y aristas, caras y facetas geométricas o irregulares que lo elevan (¡extática trasmutación!) hasta la categoría de un bulto en el espacio.

Llegado a este punto mirífico, no tiene sentido ya hablar de realidad o de espejismo: las categorías ceden, se impone el ideal. Me convierto en un ser ubicuo y trascendental, todo se desarrolla como si estuviera previsto, las rimas se devanan según un esquema que no conozco y que, sin embargo, sigo… Vivo mis muertes antiguas, renazco a mi próxima generación, entro y salgo sin problemas de mi propia identidad, fluyo, crezco y me desvanezco con cada ráfaga de aire que, por la ventana, me haga levitar… Soy etéreo y vegetal, pura sustancia de sueño o concreción perfectamente material. Al fundirse mis percepciones en un único continuo de admisión, me transformo en un espejo que todo lo acepto y lo devuelvo, recubierto de una pátina de purísimo oro.

Y es que, cuando pierdo la mirada, yo recupero la visión —la cual, como se sabe, tiene la pecualiaridad de volverse, en estos lances, por completo transparente.


DESBOSCAJE

La deforestación es un trasunto de la impiedad.

Talar un árbol es refutar una medida desmedida del tiempo, un devenir incongruente con la imperiosidad humana. Privarse de su sombra centenaria (o milenaria: para él, los años pasan en vano) equivale a entregarse a ese marasmo que llamamos, por convención o desespero, actualidad. Ignorar el abrigo perpetuo que libremente nos proporciona, inaugura la indigencia de un andar sin posadero.

Desbrozar un monte tapizado de matorrales (técnicamente: desmontarlo, ¡como si estuviera compuesto, él, el gran silvestre!) equivale a rasurar el delicado entrelazado de hebras, tallos y nudos, ese tapiz del que emanarían —si los dejasen— los arbustos del futuro, y de ellos, la argamasa verde de nuevo.

Aterrazar una ladera se parece extraordinariamente a limar una aspereza que, en contra de lo que se cee, transforma en alas las cadenas: pregúntenle al torrente, inductor de la avalancha en su forma de promesa, por dónde prefiere abalanzarse cuando empiezan los desastres.

El desboscaje del planeta vuelca en una única imagen sepia la magnitud de este orbicidio: una dehesa es un cilicio en la muñeca del ramaje, un pastizal hace pensar en un cerebro bovino (el del asesino que mudó la exuberancia en ganancia miserable: pan para él y para los demás, hambre). La devaluación de las praderas, el desgaste del erial, los obscenos coqueteos con el amo del desierto (la aridez avanza, y yo me alegro), todo ello es la traca final que se afianza en un rápido proceso voraz.

Hemos cambiado el verde por el gris, la sombra natural por el sol artificial (¡esas lámparas para ponerse moreno!), el humus del origen por alfombras para jugar al golf. Ya no hay experiencia fuera de lo social: el globo se ha encogido hasta formar una pequeño bola de sebo, ridícula e inesencial.

Ahora sólo queda esperar que, en justa reciprocidad, los dioses del Averno nos remuneren con un pago equivalente: mil y un fenómenos desmesurados, cataclismos espctaculares —como mínimo, que sean cinematográficos— y un sinfín de meteoros conchavándose, vengativos, contra nosotros, sus seguros detractores.

Quizás entonces podemos hablar, esta vez sobre las ruinas, de justicia universal: entretanto, la aridez y la locura campando por todos lados.

Escrito por JoséLuis a las 28 de Septiembre 2004 a las 01:16 PM
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