29 de Agosto 2004

LA CIENCIA DEL PERFECTO ADIÓS

“La ciencia del perfecto adiós” (FANGORIA)

¿Quién conoce la ciencia del perfecto adiós? No hablo del portazo, eso está cantado. Me refiero a la sabiduría implícita en cerrar el libro antes de haber acabado de escribirlo, en pasar la página justo cuando empezaba a remontar el vuelo, en imprimir octavillas y no lanzarlas a los cuatro vientos (polución, ¿para qué? ya sobra información), en contener el gesto en el instante inmediatamente anterior a que se desencadenen sus consecuencias más funestas…

¿Quién se queda cuando podría marcharse? ¿Quién mantiene el fuego ardiendo y las bombillas en perfecto estado de alimentación y la comida caliente sobre la mesa familiar donde hace AÑOS que nadie toma asiento, pues no hay nada que compartir, siquiera el pan, siquiera la luz que a todos nos cubre y nos baña por igual?

¿Quién baraja el mazo de cartas y se COME el comodín si podría lanzarlo, después de haber apechugado con centenares de naipes raídos y sin gracia ni valor ninguno en el mercado del corazón? Y cuando digo corazón no digo corazón, exactamente, digo vísceras calientes, digo intestinos, digo bazo, digo esternón. Cuando digo algo siempre digo algo más o, en cualquier caso, lo contrario.

A ver, ¿por dónde vamos? Ah, sí: por el tapete de los tahures falsarios, por la partida dividida entre los que estamos y los que somos, bah, valiente atajo de tunantes, nosotros, siempre hablando de la ida, ya, claro ¿y la vuelta qué? La vuelta no la contempláis, pandilla de golfantes, pues siempre es poco o es demasiado, esa es la pega: no hay manera de contenerla dentro de un margen más o menos civilizado, a poco que te descuidas te crees que vas y regresas en verdad, ese es el precio que hay que pagar cuando se habla y se habla del valor de la marcha y no se dice nada respecto a la tasa del talón (el de Aquiles, ¿el de quién, si no?).

Sigamos. Decíamos que adioses, para los que parten hay muchos, pero para los regresan, hay sólo uno: el oscuro, el puro pentimento de arrancarse la antigua piel y ofrendarla como se ofrenda un cocodrilo muerto (lo digo porque hace poco que lo he visto: eso sí, en el televisor), ajado y marcado ya para toda la vida restante. Adioses los he visto de muchos colores y muchos tonos, pero al fin y al cabo se acaban resumiendo en una única dominante: o manda el piano, u obedece el cantante. No hay término medio en esto del pacto sagrado: o estás con el que manda o con los que acatan, o miras hacia arriba o te fijas en lo que tienes delante, y claro, eso cansa, eso acaba por matar.

Volvamos al punto en el que estábamos (o, al menos, yo: quizás tú hace tiempo que me has abandonado). Inspiración no me falta, lo que hace falta es atenerse a lo que se haya averiguado: que si el camino, que si la valla, que si el salto por encima del obstáculo, que si el mordisco, que si el león y la penúltima metamorfosis que conduce a la salida…

Ahí sí, ahí está la clave que hace tiempo me pedías (¿lo ves? ¿lo ves?, la libre asociación lleva dentro una imperiosa necesidad: siguiéndola te sigues, extraviándola tú también te vas a extraviar): tente firme, vista adentro, mano al frente, la res corretea por el prado pero tú estás en lo cierto, hay peores astas y más cornadas da el hambre de horizontes abiertos que la mera ansia de pan, es evidente. Lo peor ha pasado, ya estás caminando, no era tan fiero el vado como lo pintaban, ¿lo ves, lo ves?, el antiguo impertinente en perfecto caballero se ha tornado: le bastaba una dama, le sobraba el bastón, requería tan sólo un escenario y un estupendo guión. Ahora que lo sabes, y ahora que todo es realmente como lo imaginaste, puedes continuar en línea recta hacia la nada: dominada la ciencia del perfecto adiós, ya nada te puede faltar. El hado es tu alma desplegándose en cuadrados, en círculos concéntricos, en prismas restallantes de músicas celestiales, en playas desoladas, en pilas salinas desaladas en beneficio del medio ambiente (esa puta vociferante, la muy canalla)… en bidones de ácidos… en redes que contienen peces que ayer nadaban y ya no… en caídas abruptas… en piernas fracturadas… en tumbas… en sarcasmos o himnos sacros, qué sé yo, si ya hace tiempo que me he marchado y esto continúa y sigue solo, solo hacia la salida, solo hacia mi adiós –este sí, el esperado.


[Escuchando a Lou Reed, The Raven]

Escrito por JoséLuis a las 29 de Agosto 2004 a las 09:26 PM