6 de Agosto 2004

DESAFINANDO

“Los desafinados también tenemos corazón” (Joao Gilberto)

Los desafinados también tenemos corazón, sólo que late con otro ritmo, más rápido o más lento que el de los demás, y cuando lo hace al unísono, es por azar. Nuestro destino es hacernos eco de otro pálpito: el que asciende del centro mismo de la tierra, arrasando con las falsas armonías de los hombres e instaurando, en su lugar, una tonalidad que no se puede oír, pero marca con su tictac el lento devenir de lo creado y lo increado.

Los desafinados nacimos a contrapié, sincopados: desde el día mismo de nuestra concepción, ponemos el acento en el tiempo débil del compás, justo al revés que la inmensa mayoría de los músicos gregarios. La tonada que escuchamos no es la que producen las leyes del acuerdo y del pacto, sino el críptico son implícito en los elementos naturales: la morosa rotación del globo alrededor de su eje, el frufrú de las placas continentales cuando se deslizan unas por encima de las otras, los vagidos insólitos de las nubes poco antes de descargar su agua sobre el bosque, el crujido imperceptible de una piña al caer sobre un suelo cubierto de hojas secas, las carreras de los escarabajos cuando marchan en dirección desconocida…

Los desafinados poseemos una sensibilidad muy desarrollada para percibir todos los matices, aunque se nos resisten las estructuras. Será por eso que siempre parecemos fuera de época, descolocados, como si atendiésemos a una banda sonora que va por otro lado, más remoto o más cercano, pero en todo caso de una índole más sutil… Los desafinados cultivamos la devoción por lo ínfimo, no por extravagancia o esnobismo, sino porque en la melodía insinuada que producen las alas de una libélula hemos aprendido a descifrar mensajes de hondo calado. La gran partitura de la Creación nos transmite sus secretos únicamente a nosotros, sus amplificadores más fieles.

Lo mejor de todo es que, desafinado, uno nace o se hace. Para ingresar en la selecta cofradía basta con desplazar ligeramente la antena receptora de las señales acústicas: hacer oídos sordos al cura y al locutor, a la convecina y al vendedor de pescado, al mensaje profano y la consigna política. Con esa leve torsión de la atención, desaparecen del espectro los ruidos humanos (vanos mensajes sin contenido real) y pasan a primer plano los múltiples murmullos del orbe animado: animales y minerales, meteoros y plantas, paisajes, aguas, pozos, cumbres y simas, selvas y desiertos, todo, todo restalla de musiquillas capilares invitando a la danza, el abandono y la efusión.

Una vez reinstaurada la auténtica audición (la que comunica a los entes entre sí, y a éstos con la vasta corriente que los conduce hacia otro lado), se hace evidente quién, en la orquesta de la Humanidad, pone la música y quién sólo el papel mojado.

Cuanto uno ha orientado convenientemente el transmisor, ya no se inquieta por la arritmia que observa con su vecino, el ciudadano: el metrónomo con el que el desafinado ajusta su interpretación tan sólo revela la medida exacta a quien, hipersensible al cosmos e inconsciente a cualquier otra admonición (sagrada o profana), ha sintonizado su instrumento con la onda más amplia…

Escrito por JoséLuis a las 6 de Agosto 2004 a las 01:11 PM